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Ideas que vuelan

Spice Girls, el Miedo y la Heteronorma

Porque llevar el cassette de las Spice Girls al colegio era no solo una acción afirmativa de mi yo cola; era una provocación a los machitos colegiales que pensaban que podían burlarse de ti en público y en privado por escuchar música de niñas.

Por Ozóniko ::.5 min de lectura

Por @ozóniko

El cassette

Tenía 13 años cuando Wannabe, de las Spice Girls, explotó en todo el mundo. El Girl Power se tomó el planeta y, en una internet todavía incipiente, los medios hablaban hasta el cansancio de esas cinco inglesas que parecían salidas de una tira cómica: vestidos imposibles, plataformas, colores, coreografías y una energía que cabía completa dentro de un cassette.

Pero lo que me pasó con las Spice Girls fue mucho más que el impacto de un fenómeno de masas con sabor a chicle. Fue la primera vez que me permití abandonar, aunque fuera por unos minutos, la culpa de escuchar música de niñas y asumir, desde mi precaria colitud, que tenía derecho a escucharlas, bailarlas y decirle al mundo que las amaba.

¿Por qué?

Porque quería.

Porque lo disfrutaba.

Y porque tenía demasiadas ganas de hacerlo.

Antes había escuchado a Xuxa, Nubeluz o Nicole con esa culpa que aparece demasiado temprano cuando alguien empieza a entender que existen cosas que, según el mundo, no son para ti. A los cinco años, la culpa puede ser tan grande como el futuro y el miedo puede sentirse tan paralizante como doloroso.

A los 13, en cambio, decidí que con las Spice Girls no habría espacio para tanta culpa.

Vivía en un clóset provinciano, oscuro y estrecho como mis propios miedos. Y poner el cassette de las Spice en el auto familiar, camino al colegio (y también de regreso) era, sin que yo pudiera nombrarlo así todavía, un pequeño acto de afirmación. Una manera de decirle al mundo, y quizás también a mí mismo, que ese yo cola que empezaba a emerger tenía derecho a expresarse libremente, incluso a través de algo tan aparentemente trivial como una canción pop.

Porque el miedo del clóset no es solamente miedo.

Es aprendizaje.

La heteronorma te enseña desde muy temprano qué está bien y qué está mal, qué es masculino y qué es femenino, qué puedes desear y qué debes esconder.

La herida

Te construye un universo moral en el que muchas veces descubres que estás habitando el lado equivocado de la historia simplemente por ser quien eres.

Y crecer dentro de esa estructura deja marcas.

Es triste crecer encorsetado en una norma que te maltrata, te ridiculiza o simplemente omite aquello que eres. Por eso los pequeños escapes cotidianos adquieren una dimensión enorme. Una canción, una película, una revista, una amistad, una fiesta. Cualquier espacio donde puedas respirar sin sentir que estás haciendo algo incorrecto puede convertirse, por unos minutos, en una fiesta para un ego que lleva demasiado tiempo constreñido.

Hoy siento que ya no habito un clóset como aquel de 1997, cuando esperaba ansioso que llegara Spiceworld a la disquería del barrio.

Pero tampoco creo haber salido completamente ileso de él.

Hay formas más sofisticadas del miedo. Manías, silencios, inseguridades y estrategias aprendidas para medir cuánto de uno mismo es aceptable para los demás. El clóset puede dejar de ser una habitación y convertirse en una manera de relacionarse con el mundo.

Por eso llevar el cassette de las Spice Girls al colegio no era solamente escuchar música.

Era una pequeña provocación.

Una afirmación de ese yo cola frente a los machitos colegiales que creían tener derecho a burlarse de ti (en público y en privado) por escuchar música de niñas. Hoy puede parecer una anécdota ingenua, incluso graciosa. Pero la violencia cotidiana funciona precisamente así: acumulándose en pequeñas escenas que, una por una, parecen insignificantes, hasta que terminan construyendo una herida.

Una herida que no siempre desaparece cuando crecemos.

A veces vuelve.

Aparece en medio de una conversación, de una relación, de una mirada, de la necesidad absurda de preguntarnos si estamos siendo demasiado. Reaparece cada vez que una parte de nosotros recuerda que alguna vez aprendió que ser diferente podía tener consecuencias.

Bailar

Por eso, cuando hablamos de educación no sexista, de derechos LGBTI+ o de erradicar los discursos de odio, no estamos hablando de una disputa abstracta sobre ideas o de una supuesta imposición ideológica.

Estamos hablando de esto.

De niños y niñas que aprenden demasiado temprano a tener miedo.

De adolescentes que esconden una canción, una ropa, un gesto, un deseo o una parte de sí mismos porque han entendido que el mundo puede castigarlos por expresarse.

Estamos hablando del daño concreto que produce una cultura que convierte la diferencia en motivo de vergüenza.

Los discursos de odio no son solamente palabras. Pueden convertirse en silencios, en aislamiento, en violencia, en vergüenza y en la dificultad de construir una relación amable con uno mismo. Y por eso necesitamos cuestionarlos: no para imponer una forma particular de vivir, sino para que nadie tenga que crecer creyendo que hay algo malo en ser quien es.

Hoy, casi tres décadas después, sigo bailando cada uno de los himnos de las Spice Girls como cuando tenía 13 años.

Y no es por la perfección de sus acordes ni porque sus letras hayan descubierto, por sí solas, una fórmula definitiva de liberación, goce y autoaceptación.

Las sigo bailando porque me recuerdan algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más profundo:

que incluso en la oscuridad más densa de un clóset era posible bailar.

Que incluso cuando había miedo, había canciones.

Que incluso cuando todavía no sabía muy bien quién quería ser, había una parte de mí que ya sabía que quería ser libre.

Quizás por eso Wannabe sigue sonando distinto cuando la escucho hoy.

Porque ya no soy aquel niño que llevaba escondido un cassette en el auto familiar.

Soy el adulto que puede mirar hacia atrás y reconocer que, en medio de una adolescencia llena de miedos, aquellas cinco mujeres vestidas de colores estridentes me enseñaron algo que todavía intento practicar:

que la alegría también puede ser una forma de resistencia.

Y que bailar, a veces, es simplemente otra manera de decir:

aquí estoy.

Este soy yo.

Y no pienso volver a esconderme. 🪩✨

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