Miranda Priestly no cambió: cambiamos nosotrxs

En 2006, Miranda Priestly era el villano. Fría, exigente, despiadada. Pero algo raro pasó en las dos décadas siguientes: la cultura popular empezó a admirarla. Sus frases se convirtieron en memes de productividad. Su cerquillo, en referencia estética. Su indiferencia, en aspiración. El personaje que debía asustar terminó siendo un ícono.

Eso es exactamente lo que hace interesante la secuela.

El diablo viste a la moda 2 reunió a Meryl Streep, Anne Hathaway, Emily Blunt y Stanley Tucci de regreso, con una banda sonora que es un evento en sí misma. Lady Gaga y Doechii firmaron «Runway», el sencillo principal — un house pop eléctrico que acompañó el tráiler más visto en la historia de 20th Century Studios, con 222 millones de reproducciones en 24 horas. La banda sonora completa incluye además canciones originales de Gaga, más pistas de Dua Lipa, Miley Cyrus, SZA, Laufey y Raye, entre otras. No es una banda sonora de película. Es una playlist de 2026.

Los números de taquilla confirmaron lo que nadie dudaba: 77 millones de dólares en Estados Unidos y Canadá durante su primer fin de semana, y 156 millones a nivel mundial. Lideró la cartelera en casi todos los mercados donde debutó, desplazando a Michael al segundo lugar. El 88% de audiencia en Rotten Tomatoes — frente al 76% de la primera entrega — dice algo importante: el público no fue por nostalgia. Fue porque la película le habló de algo real.

La trama sitúa a Andy de vuelta en Runway, ahora como editora, intentando salvar la revista de un mundo mediático que ya no la necesita como antes. La pregunta que instala la película es precisa: ¿puede sobrevivir la moda de lujo en una época donde la autoridad cultural no la tienen las revistas sino los algoritmos? Miranda Priestly construyó su poder sobre la escasez — ella decidía quién era relevante. Eso ya no funciona igual cuando cualquiera con 50 mil seguidores puede lanzar una tendencia desde su cuarto.

La otra conversación que trajo el rodaje es la de los cuerpos. Anne Hathaway intervino directamente para exigir modelos de tallas diversas en la pasarela central. Los productores aceptaron en menos de una hora. Meryl Streep lo contó públicamente y la historia se viralizó como la mejor escena de la película — y todavía no se había estrenado.

Veinte años después, el verdadero poder no está en quién edita la revista. Está en quién se niega a aparecer en ella bajo sus condiciones.

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