Después de la derrota: tareas urgentes para una izquierda que quiere volver a ganar el futuro

@ozoniko

Las derrotas no solo se cuentan en votos. También dejan preguntas incómodas, silencios largos y la tentación de refugiarse en explicaciones identitarias que alivian, pero no explican. El avance de José Antonio Kast no ocurre en el vacío: se monta sobre miedos reales, frustraciones acumuladas y una desconexión profunda entre la izquierda y amplias mayorías sociales que ya no se sienten interpeladas por su lenguaje ni por su promesa de futuro.

La primera tarea es asumirlo sin excusas: la izquierda necesita reconstruir un relato pensado para las grandes mayorías, usando sus códigos, sus medios y su forma de hablar. No se trata de vaciar de contenido la política ni de renunciar a convicciones, sino de entender que las ideas no existen en abstracto. Si no circulan por los lenguajes cotidianos (la televisión, las redes, la radio, la conversación común), simplemente no existen para millones. La derecha radical entendió esto mejor: habla simple, directo, emocional. La izquierda no puede seguir comunicando como si le hablara solo a quienes ya están convencidos.

Pero el problema no es solo comunicacional. También es programático. Durante años, gran parte de la política pública progresista se pensó bajo la lógica de la focalización extrema: el 40% del RSH como frontera moral del Estado. El resultado es una enorme clase media profesional (formada en universidades privadas, con y sin gratuidad, sin herencias, sin redes) que quedó atrapada en una zona gris: demasiado “rica” para recibir apoyo estatal, demasiado pobre para el crédito, la banca y el mercado. Profesores, enfermeras, periodistas, técnicos, profesionales jóvenes y adultos que sostienen el país, pero viven endeudados y con miedo a caer. Sin un programa claro para ellos, no hay mayoría posible.

La izquierda debe atreverse a ampliar su base social con políticas universales o semiuniversales que reconozcan trayectorias reales de vida. Salud, vivienda, pensiones, cuidados y seguridad social deben dejar de ser un premio por pobreza extrema y transformarse en derechos compartidos. No es caridad: es estabilidad social.

Otro punto clave es el marco de alianzas. Frente a una ultraderecha global organizada, financiada y con viento a favor, la fragmentación progresista es suicida. Se necesitan alianzas amplias, estables y pragmáticas, sobre mínimos claros: democracia, derechos humanos, Estado social y justicia. No acuerdos tácticos de última hora, sino pactos duraderos para ganar elecciones y empujar cambios posibles.

En ese marco, es urgente reimpulsar una mirada sencilla y amplia de los derechos humanos y la democracia, sin tecnicismos ni jerarquías morales. Los derechos humanos no son una bandera sectorial ni un recuerdo del pasado: son la base mínima de una convivencia civilizada. Defenderlos es defender que nadie sobra, que el poder tiene límites y que la violencia no puede ser política pública.

La izquierda también debe reapropiarse del sentido patriótico, de la bandera, de la cultura y de la identidad nacional. Chile no es propiedad de la derecha ni de la nostalgia autoritaria. La chilenidad es diversa, mestiza, popular, creativa. Celebrarla no es conservadurismo: es disputar sentido común. Un proyecto de país necesita emoción, símbolos y pertenencia.

Y aquí, sin rodeos: la seguridad pública es un piso mínimo. No se puede crecer, organizarse ni ser feliz con miedo permanente. Pero la seguridad no se juega solo en patrullas y leyes: se juega también en el relato. Los medios de comunicación han instalado una agenda del miedo que la derecha explota con ventaja. La izquierda debe atreverse a disputar esa hegemonía: estar en los medios, crear nuevos medios, ocupar redes, contar la realidad completa. Seguridad con datos, con humanidad y con soluciones reales, no con pánico rentable.

Nada de esto se construye en solitario. La salida no vendrá solo de partidos ni de dirigentes. La esperanza está en la articulación urgente entre la izquierda, los movimientos sociales y una ciudadanía que hoy se organiza de otras formas, más fragmentadas, más digitales, más críticas. Reflexionar, unirse y actuar. No para volver atrás, sino para volver a ganar el futuro.

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